Yuval Aviv, un antiguo agente del Mossad, propietario de Interfor Inc una compañía de investigación privada con sede en Nueva York fue contratado por la Pan Am como su principal investigador sobre el atentado. Aviv nunca fue entrevistado, sin embargo, por la policía escocesa o por el FBI. La entonces primera ministra británica Margaret Thatcher bloqueó también una investigación judicial completa sobre el caso. 

Aviv había sido la principal fuente de información para el escritor George Jonas en el libro sobre la Operación Cólera de Dios en la que fueron asesinados dirigentes de la OLP como represalía al atentado contra deportistas israelíes en las olimpiadas de Munich 1972. Vengeance: The True Story of an Israeli Counter-Terrorist Team (“Venganza: la verdadera historia de una unidad israelí de contraterrorismo”), más tarde serviría como base para la película de Steven Spielberg, Munich.

Un tribunal escocés condenó al libio Abdel al Megrahi y exculpó al otro acusado, también libio, Lamen Fhimah, a quienes se consideraba autores del atentado que mató, en 1988, a los 270 pasajeros del vuelo 103 de la compañía Pan Am. Fue igualmente victoria norteamericana porque Al Megrahi es un miembro de los servicios de inteligencia libios y por esa vía el tribunal tácitamente condenó al Estado libio y a su líder, Muammar Gadaffi, por haber puesto en marcha el atentado. Los jueces consideraron que el agente envió, desde Malta, una valija con el explosivo. El destino final era Estados Unidos y en Frankfurt la maleta fue cargada en el fatídico vuelo 103. Un punto clave de la condena fue la escasa defensa de los imputados, cuyos abogados sólo presentaron unos pocos testigos en su favor. En el aire quedaron sospechas de todo tipo: la participación de palestinos, una maniobra realizada sobre la base del tráfico de drogas realizado por los propios norteamericanos y la llamativa muerte de un agente de inteligencia estadounidense.

En el extensísimo juicio de nueve meses, la mayor parte de las endebles pruebas fueron aportadas por los fiscales:

– Un comerciante maltés testificó que Al Megrahi compró en su negocio varias camisas. Un trozo de una de las prendas aparentemente apareció después de la caída del avión, supuestamente en lo que fue la valija en la que iba el explosivo.

– El comerciante también dijo que el libio compró un paraguas, del que también aparecieron supuestas partes entre los restos del avión.

– El mecanismo suizo de relojería usado en el atentado fue enviado por el fabricante a Libia.

Durante el juicio, la postura de los abogados defensores apuntaba a incriminar a una organización palestina, el Frente Popular para la Liberación de Palestina, Comando General, FPLP (CG), liderado por Ahmed Jibril. Unos meses antes del atentado, la policía de Alemania detuvo a un grupo de 16 palestinos y encontró un artefacto montado en un grabador Toshiba, casi idéntico al utilizado en la masacre del vuelo 103. Los defensores sostuvieron que el gobierno sirio tiene documentación que prueba que el FPLP (CG) fue el que perpetró el atentado pero, tras un mes de negociaciones, Siria se negó a entregar cualquier tipo de documentación. Según los libios, la organización palestina era apadrinada por Siria que, de esa manera, se vería implicada en el homicidio de 270 personas.

La masacre entonces habría sido perpetrada por palestinos, con apoyo sirio y a pedido de Irán, que quería vengarse de otra masacre, cometida por la marina norteamericana seis meses antes: por error habían abatido un Airbus iraní, matando a 298 personas.

En octubre de 1989, Aviv planteó la siguiente teoría: La CIA estaba entonces protegiendo una ruta de la droga que discurría desde Europa hasta EEUU –una actividad conocida con el nombre de Operación Corea (Khourah)- y permitía a traficantes de droga sirios enviar heroína a EEUU, utilizando vuelos de la Pan Am, a cambio de datos de inteligencia acerca de los grupos palestinos radicados en Siria. La CIA protegía supuestamente las maletas que contenían las drogas impidiendo que fueran revisadas. El día de los atentados, los terroristas cambiaron las maletas: una que estaba llena de drogas por otra que contenía una bomba. Según algunas fuentes, la CIA habría conocido incluso con antelación que este cambio iba a tener lugar, pero lo permitió de todos modos porque la ruta de las drogas era una operación ilegal y dos oficiales de inteligencia estadounidenses del grupo MC10 que viajaban en el vuelo de la Pan Am 103 –Matthew Gannon y Charles McKee– se dirigían entonces a Washington para informar a sus superiores. Ambos habían sido testigos dos años antes de la entrevista de George Bush en el hotel Rey David de Jerusalén con Amiram Nir -consejero de contraterrorismo del presidente israelí Simon Peres, acerca del curso de la venta clandestina de armas estadounidenses a Irán a través de Israel que acabarían financiando a la Contra nicaragüense. El último miembro de MC10, Werner Tony Asmar, un alemán de origen libanés, murió unos meses antes, el 26 de mayo de 1988, cuando una bomba explosionó en su oficina de Beirut.

Michael Scharf, un asesor legal de la oficina antiterrorista del Departamento de Estado de EEUU en el momento en el que Megrahi y Fimah fueron acusados de los atentados, confirmó que la CIA había manipulado el juicio de Lockerbie y mentido acerca de la solidez de las pruebas de la acusación con el fin de conseguir un resultado que fuera políticamente conveniente para EEUU. Scharf describió el caso como “tan lleno de agujeros que parecía un queso suizo” y afirmó que nunca debería haber llegado a juicio. Scharf señaló que la CIA y el FBI habían asegurado a los oficiales del Departamento de Estado durante el juicio que uno de los testigos era “un mentiroso.” “La sentencia estuvo basada en gran medida en las declaraciones de este hombre (el desertor libio Abdul Mayid Giaka). No fue hasta que comenzó el juicio que supe que este individuo carecía de escrúpulos y que la CIA no tenía ninguna confianza en él, ya que sabía que era un mentiroso.” 

Scharf ingresó en la Oficina de Asesoramiento Legal en Temas de Seguridad e Inteligencia del Departamento de Estado en abril de 1989, justo cuatro meses después de que fuera destruido el vuelo 103 de la Pan Am y cuando la investigación de la CIA del caso Lockerbie estaba en su punto culminante. Él fue también responsable de la redacción de las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU que impusieron sanciones contra Libia en 1992 con el fin de obligar a Trípoli a entregar a Megrahi y Fimah para que fueran juzgados. “La CIA y el FBI mantuvieron al Departamento de Estado en la ignorancia. Nosotros estábamos plenamente comprometidos con la teoría de que Libia era culpable. Yo ayudé a redactar los documentos que describían las razones por las cuales creíamos que Libia era responsable, pero aquellos no estaban basados en la comprobación de muchas evidencias, sino más bien en figuraciones procedentes de la CIA, el FBI y el Departamento de Justicia acerca de lo que el caso probaría,” señala Scharf. 

Por su parte, Robert Black, profesor de Derecho escocés en la Universidad de Edimburgo y principal arquitecto del juicio en Camp Zeist, describió el caso Lockerbie como “un fraude”. “Que el juicio acabara con una sentencia condenatoria es una vergüenza para la justicia escocesa,” señaló. “Creo que los comentarios de Scharf indican que un creciente número de personas en ambos lados del Atlántico creen ahora que fueron utilizados en este caso.” Jim Swire, que perdió a su hija Flora en el atentado, manifestó: “Michael Scharf y yo hemos acabado defendiendo la misma postura. Asistí al juicio y me he convencido después de verlo que el caso estaba lleno de lagunas.” 

Falsos testigos y pruebas falsas

También see ha revelado que “el testimonio de otro testigo clave del caso Lockerbie, Tony Gauci, estuvo plagado de una serie de contradicciones e inconsistencias que no salieron a la luz en el juicio.” Sin embargo, su testimonio resultó crucial en el caso contra Megrahi. Gauci proporcionó a la policía una descripción detallada del hombre que compró una maleta –que fue presuntamente utilizada en el atentado- en su tienda de Malta unas pocas semanas antes de la explosión, e identificó parcialmente a Megrahi como el comprador a través de unas fotografías, en una rueda de reconocimiento y ante el tribunal. 

La Comisión de Revisión de Casos Penales de Escocia (SCCRC) ha recogido nuevas pruebas que, según señala, socavan la credibilidad de la identificación realizada por Gauci. En primer lugar, cuatro días antes de que Gauci señalara a Megrahi en la rueda de reconocimiento, él había visto la foto del libio en un artículo de una revista que le vinculaba al atentado. Esta evidencia “no le fue comunicada a la defensa.” Además, hubo otras inconsistencias que se refieren a la identificación de la persona que apareció en la tienda, los objetos adquiridos y otros asuntos. 

Una prueba importante en el caso fueron los restos de una camisa Slalom, que, según se cree, envolvía la bomba. Al ser interrogado por primera vez por la policía, Gauci insistió repetidamente en que él no había vendido camisas al hombre en su tienda. Sin embargo, aproximadamente un año después de esta entrevista, su historia cambió radicalmente. Él “recordó” de repente haber vendido camisas al hombre y el precio que éste pagó por ellas. Gauci manifestó a la policía que el hombre había comprado una camisa roja y negra, pero más tarde su color cambió misteriosamente al beis. 

Además, él cambió la fecha en la que Megrahi habría visitado su tienda. En primer lugar, él afirmó que Megrahi había comprado la maleta antes del 6 de diciembre, pero más tarde cambió el testimonio y escogió la fecha del 7 de diciembre de 1988, en la que podía probarse que Megrahi estaba en Malta. Increíblemente, el tribunal aceptó el argumento de la acusación del Estado británico de que las ropas habían sido adquiridas en esta última fecha. Sin embargo, la SCCRC ha determinado que “no hubo una base razonable” para que los jueces llegaran a esta conclusión. “En otras palabras, las pruebas indican que la adquisición tuvo lugar en un momento en el que no existe ninguna evidencia de que el acusado estuviera en Malta,” señala la Comisión. 

Black señala: “Si los jueces hubieran sabido todo esto, a lo peor que Megrahi hubiera tenido que enfrentarse es a un veredicto de absolución por falta de pruebas. Había simplemente demasiadas inconsistencias.” Cabe señalar que todas estas evidencias, potencialmente devastadoras para la acusación, no fueron comunicadas al equipo de la defensa. Los miembros de este equipo señalan ahora que la condena contra Megrahi careció de un respaldo probatorio y que las evidencias contra él fueron manipuladas con el fin de crear un caso contra Libia por razones puramente políticas. 

Black afirma también que la sentencia ha puesto en cuestión a todo el sistema judicial británico. “No se trata sólo de que las nuevas pruebas arrojen dudas sobre el veredicto original. Es mucho más serio que eso.” Él señaló que era necesaria una investigación independiente realizada por expertos extranjeros. “Hay que hacer algo para garantizar la integridad del sistema fiscal y el sistema judicial.” Por su parte, Tam Dalyell, un antiguo diputado británico que ha creído durante mucho tiempo en la inocencia de Megrahi, indicó que el fallo del tribunal había arruinado la reputación del sistema de justicia escocés. 

Juval Aviv se muestra de acuerdo con esta idea. Él manifestó que “resulta de la mayor importancia que se realice una investigación sobre lo que hoy sabemos que fue un flagrante intento de ocultar la verdad a la opinión pública. Quizás a través de una investigación pública y transparente la auténtica verdad sobre esta operación encubierta acabe viendo la luz… Se lo debemos a las familias de las víctimas” que casi veinte años después del atentado no han recibido una explicación válida acerca de por qué tuvo lugar aquel atentado y quien fue el responsable del mismo.

Conexión siria

En marzo de 1993, un artículo publicado por la revista High Times y escrito por Bill Weinberg titulado “La conexión Siria” sacaba a la luz la penetración de la CIA en el negocio de la droga en el Valle de Bekaa de Líbano.

Según High Times, “Muchas de las facciones armadas libanesas dependían del negocio mundial de las drogas para financiar sus operaciones.” De hecho, cada grupo armado paramilitar controlaba su puerto particular alrededor de Beirut que servían como punto de enlace de las drogas de Europa hacia los Estados Unidos y de armas hacia Beirut desde el mercado internacional. Quien controlaba el fértil Valle de Bekaa tenía una ventaja competitiva. Cuando la guerra se recrudeció a finales de los años 70, el hachís, el puntal tradicional de Bekaa, dio paso al negocio mucho más lucrativo: heroína.

La producción de heroína en Bekaa aumentó considerablemente bajo la ocupación de Siria. Se estima que las organizaciones criminales pagaron anualmente más de 2 mil millones de dólares en “impuestos de protección” a las fuerzas de ocupación sirios, según el testimonio del oficial de la DEA americana Félix Jiménez a la sesión especial del Congreso estadounidense en 1990. Además, el Valle de Bekaa se convirtió en el centro de procesamiento de la cocaína de los carteles colombianos para su reexportación a los mercados europeos.

Antes de la primera Guerra del Golfo, el presidente sirio Hafez Assas y Saddam Hussein eran rivales a muerte dentro del partido del Renacimiento Árabe Socialista (Baas). Siria era el único país árabe que apoyaba a Irán en su guerra contra Irak en los años 80. Cuando Bush padre invitó a Siria a unirse a la coalición árabe contra Saddam Hussein, después de su invasión de Kuwait, Assad aceptó.

Haciéndose socio de los EEUU, Siria pudo mantener el control del Valle de Bekaa. Entre las áreas bajo su control estaban los infames puertos de drogas al norte de Beirut.

Interfor mantuvo que una organización terrorista apoyada por Siria, el Frente Popular por la Liberación de Palestina (PFLPGC) estaba detrás de los atentados. Según Interfor, la PFLPGC pudo introducir la bomba en el avión debido a que el vuelo formaba parte de la ruta del tráfico de heroína vinculada al régimen sirio y protegido tanto por la DEA como por la CIA americana.

Interfor mantenía que el cabecilla de la organización criminal era el sirio Monzer AlKassar, conocido por aquel tiempo como el mayor traficante de armas del mundo. La CIA protegía al AlKassar, porque él estaba ayudando a los americanos en sus esfuerzos por liberar a los rehenes estadounidenses en Líbano. AlKassar trabajaba en tándem con una unidad ultrasecreta estadounidense, MC10 que operaba desde Chipre en los trabajos de rescate. Estos esfuerzos solamente fueron una parte de la operación. La CIA se llevó una buena parte del pastel en el reparto de los beneficios de la droga.

La Comisión Tower del Congreso estadounidense, investigando los crímenes de Irán-Contra, reveló que el Coronel Oliver North utilizó el dinero de la droga de AlKassar para comprar armas destinadas a la Contra nicaragüense. La comisión que obtuvo Oliver North por sus esfuerzos era la nada despreciable suma de $1.2 millones de dólares.

El Periodista Bill Weinberg escribiendo en High Times añade que “tanto la CIA como la DEA pidieron a BKA, la agencia de inteligencia alemana, que permitiera que algunas maletas determinadas con destino a EEUU pasaran sin ser inspeccionadas desde el aeropuerto de Frankfurt, el origen del vuelo Pan Am 103.”

Sin saberlo nadie salvo el PFLPGC y AlKassar, la maleta que debía de contener un cargamento de heroína estaba llena a rebosar de explosivos.

Un artículo de Times de Londres del 22 julio de 1991, titulado “La operación de narcotráfico permitió encubrir el atentado al terrorista del Pan Am” subrayó que la DEA admitió la existencia del programa de protección.

El gobierno estadounidense siempre sabía que era Siria y no Libia quien estaba detrás del atentado de Pan Am 103. Sin embargo, en 1990, cuando la Casa Blanca empezó a cortejar a Siria como socio importante en la coalición anti Saddam Hussein, el foco de la culpabilidad, de repente se inclinó desde Siria de Assad a Libia de Gaddafi.

Lester Coleman, ex agente especial de la Agencia de Inteligencia de Defensa (DIA) dijo en su deposición a la Comisión especial del Congreso americano que la DEA, de forma conjunta con la brigada antidroga de la policía chipriota, la BKA alemana y las aduanas británicas formaban parte de “la operación de seguimiento de la droga” a través de Chipre y los aeropuertos europeos, entre ellos Frankfurt. El negocio ilícito se descubrió por cuatro miembros de la unidad secreta MC10. Uno de los cuatro era el ya mencionado Lester Coleman.

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