Aaron Klein, autor del libro Striking Back (Contraataque a la masacre de los Juegos Olímpicos de Munich en 1972 y la respuesta mortal de Israel), asegura que el atentado fue obra del Mosad.

Tras el atentado, Israel se esforzó por atribuir el asesinato de Atef Bseiso, jefe de relaciones exteriores del Servicio de Seguridad Nacional Palestino, a querellas internas de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP). Las fuentes israelíes en la capital francesa vinculaban a Bseiso con el pasado terrorista de la OLP y, al mismo tiempo, rechazaban la posibilidad de que el Mosad lo hubiese matado.

Haciéndose eco de las afirmaciones israelíes, un supuesto comunicado de Al Fatali-Consejo Revolucionario -rama disidente de Al Fatah de Yaser Arafat-, que dirigía Abu Nidal, reivindicó en Beirut el atentado. El mensaje decía que Bseiso había sido “ejecutado” por su comportamiento de “traidor”, al “proveer durante años a los servicios secretos europeos detalladas informaciones y divulgar secretos sobre células clandestinas, lo que provocó el fracaso de sus operaciones”. El texto afirmaba también que Bseiso había tenido parte de responsabilidad en los enfrentamientos entre los palestinos registrados en el sur del Líbano y que “había desempeñado un papel importante en las fricciones en el seno del movimiento, alentando a muchos revolucionarios a abandonar la lucha y a unirse a los que se oponen a nuestra cuasa”.

Horas después del supuesto comunicado, Walid Khaled, portavoz del mismo grupo desmintió esta autoría, y tachaba de “sospechoso” el anterior comunicado. “Se trata de rumores que tratan de minar nuestra organización”, añadió el portavoz. Mientras tanto, la OLP expresaba su confianza en que la justicia francesa detuviese y juzgase a los agentes del Mosad que habían matado a Bseiso.

Por su parte, la Liga Árabe acusó a Israel de ser el responsable del asesinato. En un comunicado oficial hecho público en El Cairo, la organización decía: “Israel practica una política de violencia y de represión contra los palestinos dentro y fuera de los territorios ocupados”.

Interlocutor valioso

Según confirmaron fuentes francesas, el dirigente palestino asesinado era un “interlocutor precioso” de los servicios de información europeos. Tras el asesinato, en enero de 1991, en Túnez, de Abu Iyad, se había convertido en el principal enlace palestino de la DST y la DGSE, los dos principales servicios secretos franceses, y lo mismo puede decirse del CESID español.La denuncia del Mosad efectuada de inmediato por el líder de la OLP, Yasir Arafat, ganó verosimilitud cuando el general israelí Uri Saguy aseguró que Bseiso había participado en la matanza de 11 atletas israelíes en las Olimpiadas de Múnich, en 1972.

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PARIS, Le Méridien Montparnasse HOTEL 

Lunes, 8 de junio 1992, 15:45H 

 “El Jeep Renegade blanco se precipitó por la A-22-en su camino hacia París. El conductor se encontraba solo en el vehículo. Se detuvo dos veces, para comprar alimentos de una máquina expendedora y echar gasolina. Cinco horas más tarde, casi perdimos su rastro en los remolinos de tráfico de la hora punta de la tarde de París. En la Rue du Commandant Mouchotte los rastreadores, detectaron el Renegade nuevo con la matrícula de Alemania, B-585X, girar subitamente a la derecha. El conductor del coche de vigilancia piso el acelerador y alcanzó a ver el jeep en el momento en el que desapareció al entrar en un estacionamiento subterráneo. Una rápida mirada al edificio explicaba el inesperado cambio: el garaje pertenecía al Hotel Le Méridien Montparnasse, un viejo pero muy valorado establecimiento en el corazón del lujosos barrio de Montparnasse, con más de novecientas habitaciones y suites, y una reputación de gran discreción. El visitante subió en el ascensor a la recepción situada en el primer piso. Se registró bajo un seudónimo, pagó en efectivo, y se fue directo a la habitación 2541 con una pequeña maleta en la mano. 

El cliente del hotel era Atef Bseiso, un palestino de cuarenta y cuatro años de edad, elegantemente vestido y con su cara redondeada, que había estado viviendo en Túnez durante los últimos diez años. Era el oficial de enlace de la Organización de Liberación de Palestina (OLP), que colaboraba, entre otros, con los servicios franceses de seguridad interna, la denominada Dirección de Vigilancia del Territorio (DST). Se le consideraba como a una estrella en ascenso en su organización. Sus buenas relaciones con las agencias de inteligencia europeas eran, en gran parte, producto de su encanto personal y su carisma.

Bseiso se había vaciado tras conducir seiscientas millas en nueve horas. A pesar del cansancio y del atractivo que suponia la enorme cama de la habitación, se dirigió al teléfono. Bseiso no quería pasar su única noche en París con un control remoto en la mano. Sacó un libro de direcciones y marcó el número de un guardaespaldas de la OLP. En Túnez, Bseiso se sentía seguro, en Europa, temía a los israelíes. Tenía una lista de teléfonos de hombres, a menudo sin armas, que acompañaban a altos funcionarios de la OLP en Europa para darles sensación de seguridad. Le dijo al hombre que quería salir a cenar. El guardaespaldas se ofreció a recoger Bseiso en el hotel.  “Yo he conducido lo suficiente por hoy”, dijo Bseiso. “Digamos que a las nueve en la entrada del hotel”. Se duchó y se vistió. 

Shabtai Shavit, el jefe del Instituto de Israel para Inteligencia y Operaciones Especiales, el Mossad, recibió un breve mensaje en la sala de operaciones de guerra, ubicada en una casa de seguridad en el distrito 11: “Está en el Méridien Montparnasse. Nos estamos preparando”. Shavit, a sus cincuenta años, había dirigido el Mossad en los últimos tres años, y estaba muy familiarizado con las operaciones encubiertas. Había servido durante seis años como comandante de la unidad Cesarea del Mossad, estando al cargo de las operaciones especiales y encubiertas contra los combatientes en territorio enemigo. Fue a París con una identidad prestada: un nombre diferente estaba en el pasaporte en el bolsillo de su chaqueta. Ninguno de sus compañeros en el servicio secreto francés, o de cualquier otra rama de los servicios de inteligencia franceses, sabía que estaba en el país. Su instinto le dijo que la misión saldría bien. Tenía plena confianza en la profesionalidad de los combatientes de Cesarea.

Ilan C, el agente de inteligencia de Cesarea, puso las imagenes de treinta por cuarenta centímetros de la fachada del Hotel Méridien Montparnasse en una mesa en otra habitación de la casa de seguridad del Mossad. Las nuevas fotografías se había realizado con una gran variedad de ángulos e incluian las calles que rodean el hotel. El equipo de vigilancia las había llevado tan pronto como Bseiso se había registrado. Los planes operativos, establecidos de antemano por agentes de Cesarea, habían tomado una serie de hoteles en cuenta, principalmente el Meridien Etoile, un elegante hotel situado a pocos pasos de los Campos Elíseos, pero no el Méridien Montparnasse. La inesperada elección de Bseiso les obligó a revisar los planes previamente acordados. El trabajo fue realizado de forma rápida y eficiente. En menos de una hora de un nuevo plan fue presentado ante Shavit. El tiempo era escaso, y Shavit, nunca locuaz, incluso bajo las circunstancias más relajadas, se mantuvo tranquilo. Realizó al comandante de Cesarea y al jefe del escuadrón de la muerte unas cuantas preguntas acerca de la operación. Se perfeccionaron algunos puntos clave y, a continuación, satisfecho, aprobó la misión.

El equipo de vigilancia Bseiso le había seguido durante tres días. Se le siguió la pista desde el momento de su llegada a Berlín, sus reuniones con oficiales de inteligencia alemana del Bundesamt für Verfassungsschutz (BfV), la compra del Jeep, y su carrera a París. Una media docena de combatientes, dos coches y dos motocicletas integraban el equipo de vigilancia. En todo momento, ninguno de los planificadores de la operación en Cesarea tenía ni idea de donde Bseiso se quedaría. ¿Elegiría el apartamento de un amigo, un piso franco de la DST, o una habitación de un hotel de lujo, cortesía del presupuesto real de Fatah, la facción más grande de la OLP? Ahora ellos sabían donde tenían que actuar. La operación tenía que realizarse de inmediato, ya que Bseiso, cuya reticencia a realizar viajes era bien conocida, podría pasar sólo una noche en París. Tal vez al día siguiente, después de reunirse con un colega de la DST, regresaria a casa, y la oportunidad que se había presentado, se habria ido posiblemente para siempre. Los informes de inteligencia indicaban que Bseiso, cuyo trabajo exigía viajes frecuentes, intentaba permanecer en Túnez, tanto como fuese posible. Cuando él tenía que salir, utilizaba aviones, un modo de viajar no tan susceptible a un ataque israelí. Los planes eran siempre ir directamente del punto A al punto B. El viajero nunca debía está solo. Gente en los coches merodeando, la parada para echar gasolina, y pasar la noche en los hoteles. Bseiso, en efecto, tenía la intención de dejar el hotel la noche siguiente.  Conduciría hasta Marsella, pondría el jeep en un ferry hacia Túnez, y sorprendería a su esposa, Dima, y sus tres hijos con el nuevo coche. 

Los israelíes esperaban emboscados fuera del hotel. Asumieron que Bseiso iría a cenar fuera. Cuando regresase, cansado y contento, actuarían. Las últimas horas de la noche, cuando las calles están tranquilas y vacías, siempre fueron las mejores para las operaciones encubiertas. La decisión final estaría en manos de los dos asesinos, “Tom” y “Frank”. El hombre clave, Tom, apretaria el gatillo. Hasta el último instante, él tendría la autoridad para cancelar la operación: levantaría su arma sólo cuando tuviese la certeza de que su equipo saldría indemne.

Atef Bseiso era un objetivo por el papel que desempeñó en la masacre de once atletas olímpicos israelíes en Munich, en 1972, casi veinte años antes. Shabtai Shavit, quería que pagase el precio por su participación en los asesinatos. El primer ministro Yitzhak Shamir autorizó la misión y le dio su bendición. El Estado de Israel estaba a punto de cerrar el caso en contra de otro de los “bastardos”, como se conocía en el Mossad, a los que participaron en la masacre de Munich. 

Bseiso salio a cenar. El equipo de vigilancia de Cesarea actuaba como su sombra, sin ser detectado, todo el tiempo. Se comprobó que no estaba siendo vigilado por sus anfitriones franceses. Bseiso, su guardaespaldas y una mujer libanesa no identificada pasaron una noche agradable en un restaurante de la cadena Hipopótamo Grill. Fue después de la medianoche, cuando Bseiso pagó la cuenta y volvió al Jeep. Se sentó en la parte posterior, conducia su guardaespaldas, y su amiga se sentó en el asiento delantero. Habían tenido una animada conversación en árabe. Un corto viaje los llevó a la entrada de la Méridien Montparnasse. La Rue du Commandant Mouchotte estaba tranquila, algunos coches pasaban por allí. 

Bseiso se bajó y se despidió de sus amigos. Dio un paso atrás, preparándose para ir en dirección al hotel. Unos segundos más tarde, dos jóvenes se le acercaron. Se le acercaron de forma casual. Tom, el hombre clave, levantó la mano y apretó el gatillo. La Beretta 0,22 emitió sus tiros en el silencio,  amordazados por un silenciador. Las tres balas alcanzaron a Bseiso en la cabeza. Cayó en el mismo lugar, junto al coche de su amigo, su inhalación final fue un murmullo. Los cartuchos calientes fueron recogidos, junto con las huellas que hubiesen dejado, en una bolsa de tela recia junta con la pistola. En cuestión de segundos, el asesino y su pareja rápidamente se retiraban por la calle. 

“Abie”,  el comandante de la escuadra, les esperaba cerca de la esquina, a 150 yardas de distancia. Los vio a cruzar al otro lado de la Avenue du Maine y, desde el otro lado de la calle, a un ritmo más informal, les siguió. Este procedimiento estándar tenia la intención de frustrar cualquier accidente durante la fase de escape de una misión a un lugar más seguro, ya que en unos pocos segundos o minutos, muchos espectadores podrian darse cuenta de que un asesinato acababa de tener lugar. Sin embargo, la posibilidad no podía ser ignorada. Dentro de veinte segundos, el hombre clave y su número dos estaban en la esquina de una calle de sentido único. Según el procedimiento del Mossad, el coche de huida siempre esperaba dos giros de 90 grados de la escena de una operación. La pareja hizo un giro a la izquierda en la Rue Vandamme, donde el coche de espera había mantenido el motor en marcha.

Abie de repente se dio cuenta después de dos figuras iban tras sus hombres.  Respiraban fuerte e iban hablando animadamente. Se trataba de una amenaza que se acercaba rápidamente, tenian que ser detenidos. No se podían permitir que girasen la esquina y viesen el vehículo de escape, o, peor aún, memorizasen la matrícula. Abie se dirigió hacia ellos, su ritmo rápido era autoritario y amenazador. Cuando él estaba a quince pasos de la pareja sacó su Beretta. Sosteniendola en frente de sus caras, les gritó: “¡Alto!” The weapon froze them in their tracks. El arma les congeló. Ellos pusieron sus manos en el aire, tropezando…

Aaron J. Klein es corresponsal de la revista Time sobre asuntos de inteligencia en la Oficina de Jerusalén. Él fue el destinatario del Henry Luce Award en 2002 y ha sido consultor para la CNN. Klein es columnista y analista de Jadashot y Al-Hamishmar, dos de los periódicos nacionales de Israel. Él es un contribuyente de Malam, la revista para los formadores de la Agencia de Inteligencia FDI, el Mossad y de los funcionarios del Organismo de Seguridad. Enseña en la Universidad Hebrea y es un Capitán de inteligencia de la FDI.

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